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INDICE eCuaderno nº 2

HISTORIAS BREVES

10 Historias sufís

DISTURBIO SOCIAL
Tamerlán, el soberano del mundo, estaba molesto por los disturbios en un rincón lejano de su imperio. Le llegó la noticia de que en una de las ciudades de esa comarca, los campesinos se habían rebelado y habían asesinado al propietario opresor.
Tamerlán llamó a sus generales para que sofocaran inmediatamente la violencia.
- Llevad toda la infantería que necesitéis. Coged escaleras con las que trepar las murallas de la ciudad; y cañones para reducir el lugar a polvo; y elefantes y camellos para sobrecoger a todo hombre, mujer y niño.
- Has olvidado la única arma que podría calmar los disturbios mejor que el elemento más poderoso de tus fuerzas, musitó Nasrudín al oído del rey.
- ¿Cuál es? – preguntó Tamerlán expectante.
- Un hombre sensible que escuche las quejas de los nativos y ocupe su puesto como señor.

DESCENDIENTES
Durante un tiempo, Nasrudín estuvo desterrado de la corte por sus burlas constantes. Al regresar a su pueblo, empezó a plantar un bosque de árboles jóvenes alrededor de su propiedad.
- ¡Cómo has perdido el favor real! – se rió entre dientes el imam, regocijado -. Tu barba será blanca como la nieve antes de que esos arbolitos tengan unos palmos de altura. Y sin duda, nunca verás los árboles en su esplendor.
- -Muéstrame a un hombre que no piense en sus descendientes – contestó Nasrudín -, y yo te mostraré a alguien que no es nada.


CUATRO CAZADORES
Un día, cuatro cazadores entraron a caballo en la aldea de Nasrudín. Llamando a la puerta del mulá, pidieron agua. De acuerdo con las leyes de la hospitalidad, Nasrudín les invitó a que entraran y pidió a su esposa que trajera no sólo agua, sino también un plato de estofado y arroz. Cuando los huéspedes habían comido hasta hartarse y se preparaban a partir, su anfitrión colocó un frasco en la mano de cada hombre.
- Llevad este otro refresco con vosotros e id en paz.
Tres de los jinetes le dieron las gracias calurosamente por el agua, pero el cuarto pidió otro frasco.
- ¡Oh rey del mundo! – dijo con voz qujumbrosa el mulá - ¡No tenía la menor idea de que fueses tú!.
- Es porque voy disfrazado – contestó el sorprendido gobernante -. Pero dime, ¿cómo es que me has reconocido?.
- Tu sed por el agua es tan grande como tu sed de poder – replicó su anfitrión.

CINTAS VERDES
Nasrudín tomó una segunda esposa, pero las mujeres siempre le pedían que escogiera una favorita. Cansado de su constante rivalidad por lograr más atención, fue al bazar y compró dos cintas verdes idénticas. Al volver a casa, llamó a ambas mujeres por separado y les dio una cinta a cada una.
- Lleva esta cinta debajo de la ropa, pero no la muestres ni hables de ella a nadie.
La siguiente vez que las dos mujeres quisieron saber a cuál prefería, él dijo:
- Mi favorita es la que lleva una cinta verde debajo de la ropa.

¿CUANTO VIVIRÉ?
Una noche, Tamerlán soñó que estaba en su lecho de muerte y era destinado a las llamas ardientes del infierno. Muy preocupado por la pesadilla, llamó a sus astrólogos.
- ¿Cuánto tiempo viviré? – les preguntó a todos, uno tras otro. El primero dijo al emir que viviría veinte años. El segundo que viviría cincuenta años. El tercero que viviría cien años. Y el cuarto dijo al emir que no moriría nunca.
- ¡Verdugo! – rugió Tamerlán -, decapita a estos hombres. Tres de ellos me han dado demasiado poco tiempo, y el cuarto trata de salvar su cuello.
Luego, volviéndose a Nasrudín, le dijo:
- Tú me has leído a veces el futuro ¿qué tienes que decir?
Tranquilamente el mulá contestó:
- Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada en el que un ángel me comunicó el día exacto de vuestro fallecimiento.
- ¿Y qué dijo? – preguntó Tamerlán con inquietud.
- El ángel me dijo que moriríais el mismo día que yo – replicó Nasrudín.

UN HOMBRE MAS DEBIL
Cuando pasaba por delante de un elegante palacete en el centro de Bagdad, Nasrudín se percató de que en su interior se estaba celebrando una fiesta. Atraído por el olor de la cabra asada, se metió en la casa pasando por entre los guardias y se sentó a la mesa. Después de la comilona, el anfitrión pidió silencio.
- Amigos – dijo -, os he invitado aquí para celebrar mis últimas y grandes victorias. Como sabéis, he sido el campeón de lucha de esta ciudad durante algún tiempo. Pero ahora, tras haber derrotado a mis competidores en otras ciudad, ¡soy campeón de todo el país!.
Los comensales aclamaron a su anfitrión. Sólo Nasrudín permaneció en silencio, lo que enfureció al luchador:
- ¿No te impresiona que haya pulverizado a mis enemigos y tirado al suelo a los mejores luchadores que esta tierra puede ofrecer?
- - preguntó.
- Depende – contestó el mulá -. Esos hombres ¿eran más débiles que tú?
- ¡Por supuesto! – se jactó rimbombante el deportista -. Eran tan débiles como moscas… tan insignificantes como las más diminutas hormigas.
- ¿Y qué mérito hay en derrotar a un hombre más débil?

COMO SER SABIO
- Padre – preguntó un día el hijo más joven de Nasrudín -, ¿cómo puedo llegar a ser tan sabio como tú?
- Si un hombre erudito habla, escúchale – contestó el mulá -, y si hablas tú escúchate.

LA JOVEN IMPUDICA
Durante mucho tiempo, Nasrudín había tenido la intención de pedir la mano de cierta joven. Pero antes de que hubiera ahorrado el dinero de la dote, su amigo le dijo que iba a casarse con la bella muchacha. El mulá quedó trastornado y, pensando un momento dijo:
- Te felicito, ella es en efecto un premio. En realidad, hoy mismo hablaba con otro hombre que admitía que estaba deslumbrado por sus encantos.
- ¿Estás diciendo que ha aparecido sin velo en público? – preguntó su amigo.
- Simplemente repito lo que he oído – contestó Nasrudín.
Muy agitado, el otro hombre fue corriendo a la casa de su futuro suegro y rompió el compromiso.
Unos meses después, cuando finalmente Nasrudín había conseguido el dinero de la dote, se comprometió con la muchacha. Cuando su amigo oyó la noticia, se enfadó mucho.
- ¡ Si no hubieras dado a entender que la chica era impúdica, me habría casado con ella!
- Estás confundido – dijo Nasrudín tranquilamente -. Yo nunca insinué en lo más mínimo que fuera impúdica.
- Pero dijiste que habías hablado con otro hombre que estaba deslumbrado por su belleza.
- ¿No mencioné que el otro hombre era su padre? – preguntó Nasrudín.


NUNCA NACIDO
Mientras estaba en la India, Nasrudín visitó un cementerio enorme. Deteniéndose delante de una elaborada tumba, leyó.
- “Aquí yace el mayor gobernante que este país conoció nunca. Condujo a sus ejércitos a la batalla contra las fuerzas enemigas. Construyó escuelas y alojamientos para los pobres. Su valor y caridad le convirtieron en leyenda ya durante su vida. Este nobrle gobernador murió a los cinco años de edad”. ¿Cómo pudo un gobernador lograr tanto en tan poco tiempo? – preguntó Nasrudín al encargado de la tumba.
- El sultán llegó al trono a los veinte años de edad y gobernó durante sesenta años. En su lecho de muerte, a lo ochenta años, declaró: “He pasado siete años estudiando, ocho en la guerra y sesenta preocupado por los asuntos de Estado. En total he vivido cinco años en mi vida. Ésta es la edad que quiero que se recuerde en mi lápida mortuoria.
- Si es así como aquí se considera la edad – dijo Nasrudín -, por favor, mira que en mi epitafio aparezcan estas palabras: “Aquí yace Nasrudín, ¡un hombre que nunca nació!”.

CAMPESINOS Y REYES
Un día, el rey y su partida de caza entraron en una pequeña aldea. Muy excitados por la fortuita visita real, los habitantes se reunieron en la plaza principal para ver al monarca. Después de unos minutos, un campesino ofreció al rey un vaso de agua. El gobernante cogió el recipiente de la mano del hombre harapiento, se bebió el agua de un solo trago y ordenó continuar a su séquito.
- Qué triste es ver tan malos modales” – dijo Nasrudín cabalgando al lado del rey.
- Me sorprendes, mulá – contestó el rey -. Habitualmente defiendes al desvalido.
- Me refiero a vuestro modales, Majestad.
- Mis modales son impecables. ¿Desde cuándo un gran hombre como yo está obligado a agradecer a un campesino un vaso de agua?
- Desde el momento que, sin siervos como él, no habría ningún gran hombre como tú.