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Sitio de Constantinopla (1204)
De Manuel I Comneno a Alejo IV Angel
En 1180, con la muerte de Manuel I Comneno, el Imperio Bizantino
empezó una irreversible cuesta abajo. La época pos Manuel fue en muchos
aspectos similar a la etapa pos Justiniano. En ambos casos, el
acometimiento de grandes metas había dejado al Imperio en la ruina
económica. Pero, en el caso del tercer gran Comneno, con el agravante
de que los beneficios del comercio internacional se hallaban ahora en
manos extranjeras (Venecia y Génova), el interior de Asia Menor en
poder de los turcos y gran parte de los Balcanes en estado de
efervescencia (rebelión generalizada de servios y búlgaros). Todo ésto,
sin mencionar que entre las Iglesias de Roma y Constantinopla existía un
cisma irreversible.
Aniquilada la dinastía Comnena por la misma población de
Constantinopla (algunas fuentes latinas dicen que a Andrónico I Comneno
lo despellejaron vivo e hirvieron sus huesos en un caldero), tocó regir
los destinos del Imperio a una seguidilla de emperadores ineptos
pertenecientes a la casa de los Angel: Isaac II Angel (1185-1195), Alejo
III Angel (1195-1203) e Isaac II (2º vez) y Alejo IV Angel (1203-1204).
Más hubiera valido un asno en el trono.
En 1201 Alejo IV escapó de la prisión y se entrevistó en Alemania
con el emperador occidental, Felipe, y con Bonifacio de Montferrato.
Alejo codiciaba el puesto de su padre y Felipe, por su parte,
ambicionaba convertir al Imperio Oriental en un Estado cliente de su
propio Imperio. ¿Porqué no desviar la cruzada que se estaba organizando
bajo la égida de Inocencio III hacia Constantinopla? En todo caso, a lo
sumo se matarían dos pájaros de un mismo tiro.
83.000 Marcos de Plata
Hacia el año 1200, los caminos por el Asia Menor rumbo a Tierra
Santa no eran seguros. Los sultanes de Iconio habían acabado con todo
vestigio de soberanía bizantina entre Filomelio y la Antioquía Pisidiana,
al Norte y Atalia y Seleucia, al Sur, por lo que la ruta fue desechada
de plano por los caudillos de la IV Cruzada. Más aún, si Ricardo Corazón
de León se había hecho con Chipre durante la travesía marítima que le
llevó a Acre, durante la III Cruzada, cuanto más se podría obtener
empleando la misma ruta (se deben haber preguntado muchos seguramente).
En 1201 arribó a Venecia Godofredo de Villehardouin para fletar
las naves del Dux. Entonces, a la manera de nuestros actuales
negociadores de la deuda externa, arregló el precio del transporte en
83000 (85000 según otros) marcos de plata, sin saber siquiera si dicha
suma se podría llegar a reunir algún día.
Enterados de los acuerdos con Venecia, muchos que desconfiaban del Dux
empezaron a defeccionar. Prefirieron elegir el medio y la fecha de
transporte (Juan de Nesle, el obispo de Autun y muchos otros). Así las
cosas, Godofredo pronto empezó a ver con aprensión que la suma
comprometida era realmente inaccesible con tantas deserciones.
Villehardouin en persona viajó a Pavía para reconvenir al mismo conde de
Blois, que estaba a punto de hacerse a la mar sin pasar por Venecia. No
obstante, muchos contribuyeron con sus beatos laureles a hacer posible
que Venecia se apoderara del regenteo de la gran expedición. Por
ejemplo, el Citeaux envió el tesoro recolectado en la abadía del difunto
Foulques de Neuilly y Bonifacio de Montferrato por sí mismo encabezó
una colecta. Los condes de Blois y de Flandes, por su parte, llevaron al
palacio de los Dux todas sus vajillas de oro y plata. Llegaron a reunir
casi 50000 marcos, pero aún faltaba mucho.
La expedición se aplazó acorde con la voracidad veneciana, hasta
el siguiente otoño (por suerte para Constantinopla). Entretanto,
Villehardouin prosiguió laborando como un perro ovejero, reuniendo a
aquéllos que habían dado su palabra de tomar la cruz, para hacer más
asequible la suma que aún se adeudaba (33000 marcos).
El oro de Bizancio
A sus noventa y cinco años de edad, el Dux Enrico Dándolo todavía
se podía dar el lujo de ser paciente. ¡Y vaya que paciencia!. Soportó a
las tropas de cruzados a las afueras de Venecia, mientras observaba como
los pobres infelices venidos de todas partes para retomar Jerusalén, se
la pasaban rumiando su desesperanza, en medio del lodo y la humedad.
Finalmente, sus negociadores consiguieron arrancar una prebenda a los
caudillos de la Cruzada: La deuda de casi 34000 marcos se consideraría
saldada si, en camino de Egipto (adonde finalmente se había estipulado
la meta de la expedición), le ayudaban a Venecia a hacerse con la ciudad
de Zara. Mal comienzo si se consideraba que dicha urbe pertenecía al
reino cristiano de Hungría (el real trasfondo era que Zara estaba
compitiendo comercialmente con Venecia, a la que no le iba en zaga). La
parodia tuvo su momento culminante cuando se le vio a Enrico Dándolo,
llorando de rodillas en San Marcos, luego de abrazar él mismo la cruz.
En noviembre de 1202 Zara fue tomada y repartida. Fue la antesala
de lo que le esperaba a Constantinopla, por su puesto, en una dimensión
más reducida. Se dio el caso de soldados húngaros cruzados, luchando
contra sus hermanos de sangre.
Enterado Inocencio III del dislate, escribió urgente a los
cruzados: “En vez de ganar la Tierra Prometida habéis marchado contra
vuestros hermanos... Satanás, el gran tentador os sedujo”. Y los
excomulgó a todos. ¡A cuarenta mil cruzados!
Fue entonces cuando reapareció en escena Alejo IV el Angel,
rogando a Inocencio, al Dux, a Felipe y a Bonifacio de Montferrato que
le prestaran la cruzada para reponer en el trono a su padre, Isaac II y
castigar a su malvado hermano mayor, Alejo III. Inmediatamente, cada
cual vio la ventaja que podía sacar con ello: Los venecianos se
vengarían con creces de los continuos desplantes de los emperadores
bizantinos (Juan II y Manuel I habían ya intentado sacudir sin éxito el
yugo comercial veneciano), los cruzados se cobrarían un botín que ni en
sus sueños podían imaginarse, Felipe concretaría el sueño de Federico
Barbarroja, Bonifacio de Montferrato el suyo propio, y el Papa, ay, el
Papa... Solamente Simón de Montfort, el futuro verdugo de cátaros e
incendiario de Occitania, se seguía oponiendo a la idea de jugar con
Constantinopla. Fue en honor de la verdad el único que mantuvo su
palabra de no atacar esa ciudad cristiana. Pero el imbécil que precipitó
todo fue el mismo Alejo IV, cuando se comprometió a pagar 200000 marcos
de plata (¡200.000!), participar en la cruzada con una tropa de 10000
hombres y mantener a perpetuidad un regimiento de quinientos caballeros
en el Santo Sepulcro. El 24 de mayo los cruzados zarparon de Corfú.
Destino: Constantinopla.
Cúbranse los cielos de luto
Luego de hacer escala en Candía, la flota atravesó el brazo de
San Jorge y arribó a Santo Stéfano en vísperas de San Juan, el 23 de
junio. Como un espejismo, en el fondo, la silueta de Constantinopla,
sobre el mar, apareció legendaria, majestuosa, perdurable. Los cruzados
se preguntaban amedrentados como harían para vencer donde nadie había
podido, cómo harían para doblegar semejantes murallas. La ciudad, para
ese entonces con más de mil años de historia a cuestas, había quebrado
tantos intentos de asedio que ya nadie se acordaba cuantos habían sido.
¿Dieciocho, diecinueve o tal vez veinte?
Y finalmente llegó el gran día. Los cruzados, dirigidos entre
otros por el mismo Enrico Dandolo, empezaron el asedio, luego de
confesarse, el 7 de Julio de 1203, (casi ochocientos años atrás). La
flota veneciana los condujo contra las fortificaciones marítimas de la
ciudad, hacia la torre de Gálata, adonde una pesada cadena cerraba la
entrada del cuerno de oro. Allí, una galera que llevaba en la proa una
gigantesca tijera de acero, se acercó y cortó el hierro entre dos
eslabones.
El 17 de Julio, se lanzó el asalto general. Lo lideraba quién sino
otro que el Dux de Venecia. Enrico intentaba demostrar que sí se podía
matar a esos cismáticos sin merecer el infierno por ello. Imperturbable
en su senilidad, se movía como si le hicieran falta bisagras en sus
articulaciones. Pero él estaba allí, con el estandarte de la República
de San Marcos en una mano y la espada en la otra.
Atemorizado, Alejo III se dio a la fuga,
abandonándolo todo, esposa incluida. Eufrasina, como se llamaba, quedó
en el palacio masticando su ira, tal vez envidiando a Justiniano, el
esposo de Teodora, durante los sucesos de Nika y a las palabras que ésta
pronunció entonces: “La huida
resulta imposible, incluso aunque nos llevara a lugar seguro. Quien nace
en este mundo ha de morir pero un soberano no puede ir al exilio”
(Procopio).
Destituido Alejo III, Isaac II fue repuesto en el trono junto con
su hijo Alejo el Joven. El pueblo del Imperio no tenía aún noción de
cuanto le costaba el nuevo basileus. Isaac dio su conformidad a los
acuerdos de Zara, firmados por Alejo IV aunque tan solo pudo reunir
100000 marcos. Para el resto pidió una prórroga. Debía primero recaudar
y no lo podía hacer si antes no sometía las restantes provincias que
formaban el caos en que se había convertido esa sombra de Imperio.
Entretanto, los cruzados, para justificar su voto, arremetieron
contra las mezquitas que los egipcios habían levantado en la ciudad,
bajo el beneplácito de los últimos Comnenos. Alejo IV debió rogarles que
se retiraran extramuros para no ocasionar mayores problemas con una
población que cada vez estaba más hastiada de los Ángel y de los
cruzados. Estos últimos accedieron a trasladar su campamento frente a
Gálata. Todos estaban deseosos ya de partir y muchos se preguntaban que
hacían aún allí, languideciendo luego de casi un año de peripecias.
Quizá el único que sabía la respuesta, además de Dándolo (a quien guiaba
otra motivación), era Bonifacio de Montferrato, cuyos ojos se habían
clavado en Margarita, la mujer de Isaac II el ciego y hermana del rey de
Hungría.
En septiembre, una embajada acudió a
palacio para entrevistarse con el emperador. Fueron recibidos por Isaac
II, su protointendente, el futuro Alejo V Ducas, apodado Murzuflo, y dos
mujeres: Inés de Francia, hermana de Felipe Augusto y dos veces
emperatriz de Oriente y Margarita de Hungría, la codiciada esposa de
Isaac el ciego. Allí pusieron en claro sus intenciones: si no se les
entregaba rápidamente el saldo de la deuda, atacarían la ciudad para
cobrársela ellos mismos, según derecho. No bastó el ceremonial ni el
boato de los bizantinos para intimidarles. Tampoco el canto de las
avecillas de metal que colgaban de arbustos de oro que rodeaban al
trono, ni el rugido de los leones mecanizados que, irguiéndose sobre sus
patas, tanto habían atemorizado a las embajadas rusas de antaño. Todo lo
contrario, los ambiciosos caudillos de la Cruzada advirtieron que tras
el circo se escondía una monumental debilidad. Debió levantarse el mismo
emperador: ”nadie nunca se atrevió a
desafiar la autoridad de los cesares en el propio palacio. No responderé
a vuestra insolencia” gritó y mandó a
llamar a sus guardias.
Desde ese día las relaciones entre la población de la capital y
los cruzados se deterioraron rápidamente. Hubo varios intentos de
Murzuflo por deshacerse de los indeseables huéspedes. Una noche envió
brulotes contra las naves venecianas, pero todos fueron desviados hacia
mar abierto. En otra ocasión dirigió un ataque pero fue rechazado con
graves pérdidas. Finalmente se avino a hablar.
Para entonces la chusma había depuesto al inepto Alejo IV y luego
de un fugaz reinado de Nicolás Canabus que duró horas (no aparece en
ninguna terna de emperadores), Alejo Ducas (Murzuflo) se coronó nuevo
emperador con el nombre de Alejo V. Su primera medida fue estrangular a
Alejo IV y molerle los huesos a mazazos.
Las conmociones que estaban teniendo lugar en el ombligo del
mundo, en la ciudad dorada, alarmaron a los occidentales. Pero lo que
más les desagradó fue la manera en que el vasallo acabó con el Señor.
Murzuflo debía pagar en todo sentido. Los soldados empezaron a bruñir
los escudos y los carpinteros a preparar las torres de asedio.
Hubo un último intento de Murzuflo por encauzar la historia. Se
entrevistó en territorio neutral con Enrico Dándolo y cedió a todas las
exigencias del Dux, menos a someter a su Iglesia a la voluntad de Roma.
Era la excusa que Enrico necesitaba para dar una justificación a la
descarriada cruzada: había que devolver a los cismáticos al redil. De
vuelta en su campamento, empezaron a planear la manera en que se
repartirían la ciudad y al Imperio mismo. Participaron el Dux en
persona, Godofredo de Villehardouin, Bonifacio de Montferrato y muchos
otros. Decidieron que lo mejor sería formar un Colegio compuesto de seis
venecianos y seis franceses (doce Judas se repartirían el Imperio), que
nombraría inclusive al nuevo emperador.
El viernes 8 de abril de 1204, a la sazón, antevísperas de la
Pascua Florida, Constantinopla volvía a ser sitiada. Los cruzados en su
empeño por hacerse con sus riquezas, habían construido torres de varios
pisos en la proa de los barcos, para que los caballeros pudieran
acometer a los defensores a la altura de las almenas y parapetos. Gran
cantidad de balistas, piedras y flechas había sido subida a los barcos
en un intento desesperado por abatir a la guarnición. Pero ésta,
cómodamente parapetada en las magníficas fortificaciones, solo tenía que
empujar las escalas para que los occidentales perdieran el equilibrio y
cayeran al mar. Ese primer día de combate fue como un paseo de niños
para los defensores.
El segundo día de lucha no fue mejor para los cruzados. Subiendo
escalón por escalón, cuando llegaban a lo alto, los bizantinos los
masacraban a alfanjazos. Debió de haber sido horrible para los que
estaban debajo ver, como sus colegas caían con los rostros y los cuerpos
lacerados, dando de lleno contra los aparejos y la madera de los cascos,
o desgañitándose sobre las cuerdas que saliendo de los mástiles,
sujetaban el velamen de las embarcaciones.
A partir del tercer día, el asalto de la ciudad se generalizó.
Las naves venecianas desembarcaron soldados en la parte baja de las
murallas que flanqueaban el Cuerno de Oro, pese a los desesperados
intentos de la flota imperial por impedirlo. En la sección donde los
muros guardaban el palacio imperial de Blaquernas (antaño residencia de
los Comneno), los occidentales consiguieron atravesar el perímetro. Para
ello fue decisiva la maniobra ideada por Enrico, el inacabable Dux. El
anciano veneciano dispuso que la mejor manera de acometer las
fortificaciones era adosando una nave contra otra, de modo que donde
antes una escala había fallado, ahora dos podrían triunfar. Y así fue.
Sin embargo, aún debió la fatalidad jugar
su papel para condenar definitivamente los esfuerzos por salvar a la
segunda Roma. Un incendio intencionado o accidental, no se sabe (dice
Steven Runciman), vino a desmoralizar a los defensores en el preciso
instante en que varios cruzados conseguían hacer pie en lo alto de las
almenas, entre ellos el obispo de Soissons, que con una flecha
atravesándole de lado a lado la mitra, gritaba
“Dios lo quiere”
“Santo Sepulcro, ayúdanos”,
posiblemente para tranquilizar su conciencia.
Unos momentos después, viendo que todo estaba perdido y no había
más para hacer, Murzuflo se retiró a Bucoleón, para preparar su
ignominiosa salida. Posiblemente para entonces, ya le estaba sucediendo
el quinto basileus en ocho meses: Teodoro I Láscaris (1204-1222).
Cuando los cruzados empezaron a inundar las calles de la ciudad,
al principio lo hicieron con resquemor. Pensaban que en la siguiente
encrucijada los bizantinos les aguardaban para emboscarles. Pero a poco
notaron que nada era más diferente de la realidad. En lugar de la
guardia varega, se les apareció delante una procesión patética de
mujeres, niños y ancianos, implorándoles por sus vidas. Caminaban
formando cruces con sus dedos, echándose de rodillas y suplicando
gracia. Los occidentales los apartaron a bastonazos y corrieron hacia
Bucoleón, donde los sirvientes abrieron las puertas. El formidable
tesoro que encontraron en el recinto les dejó sin habla. Entretanto, el
palacio de Blaquernas ya había sido tomado y casi ningún bizantino
peleaba ya por la ciudad que tanto habían amado Alejo I, Juan II y
tantos otros.
Sin resistencia, los cruzados dieron rienda suelta a todo lo malo
que tiene el ser humano en tales circunstancias. Saquearon, robaron,
destruyeron, mancillaron, asesinaron, violaron, decapitaron,
esclavizaron, y todo en nombre de Dios. Muchos nobles, orfebres y
artesanos, esperando salvar sus riquezas escondiéndolas entre las ropas
de sus hijas, vieron con horror como los cruzados les arrebataban ambos
tesoros: sus joyas y la virginidad de sus seres amados.
El botín se reunió en tres iglesias especialmente seleccionadas por
su enorme tamaño. Constantinopla fue devastada, Santa Sofía sometida al
peor de los ultrajes, con mujerzuelas diciendo obscenos sermones desde
el púlpito patriarcal, el imperio fue repartido según lo convenido y la
cristiandad oriental abandonada a su suerte.
El Crepúsculo de un ensueño
Aunque los cruzados entraron el 12 de Abril, Constantinopla perdió
su lugar como capital del mundo al día siguiente. En unos pocos días,
los occidentales se robaron todas las reliquias, incluidos cráneos,
dientes y huesos de tantos santos, cuyos restos se habían acumulado en
las iglesias de la gran urbe cosmopolita desde los primeros días de su
fundación. Lo que no pudieron llevarse lo rompieron a mazazos. Es la
prerrogativa del ignorante: nunca conoce el valor de lo que destruye.
Nicetas, un historiador que fue testigo
presencial del horrendo crimen, escribió a Bonifacio de Montferrato:
“Vosotros, que os decís más
piadosos, más justos, más obedientes de Jesús que nosotros, los griegos;
vosotros, que habéis tomado Su Cruz sobre vuestros hombros, que habéis
prometido por Su Nombre y por la palabra de Dios atravesar los países
cristianos sin derramar sangre; vosotros que habéis hecho votos de no
bañar vuestras espadas más que en sangre sarracena, que habéis jurado
conquistar Jerusalén y respetar a las mujeres en vuestra condición de
soldados al servicio de Dios, ¡no sois más que unos vanidosos!”
“Pues mientras aspiráis al Santo Sepulcro, descargáis vuestro
furor contra cristianos; mientras lleváis la Cruz, la arrojáis al lodo
por un puñado de oro o plata. ¡Atesoráis perlas pero pisoteáis la perla
más preciada: Jesucristo!”.
“Los musulmanes trataron con más moderación y humanidad a la
Jerusalén conquistada; no violaron mujeres, no cubrieron de cadáveres la
tumba de Cristo. Por unas pocas monedas dejaron a cada uno rescatar su
cabeza, sus propiedades, su libertad; no descargaron su furor sobre las
espadas, los incendios, los saqueos y el hambre, como vosotros, que os
llamáis cristianos”.
Y Nicetas calló, deseando que los nombres de los asesinos no
trascendieran en los años.
Conclusión
Muchos historiadores han escrito largo y tendido, describiendo lo
que a su juicio fue uno de los mayores crímenes contra la humanidad. Por
mi parte, simplemente me atrevo a decir lo que un querido profesor de
historia de mis años mozos me supo comentar:
“Cuidado con la verdad histórica. Porque si hay una verdad y ésta
existe, es la que escriben los grandes líderes de la humanidad, con su
inagotable pasión por hacer y dejar hacer. Las sociedades se mimetizan
tras ellos y tienden a imitarles, en sus valores positivos y negativos”.
Si Constantinopla vivió en 1204 tal oprobio fue porque con Manuel
I Comneno perdió a su último gran líder. Su historia posterior hasta
1453, fue la historia de un pueblo que quiso recuperar la dignidad pero
ya sin una mano sabia que sostuviera el timón.
Guilhem de Encausse.
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